Catamarca, ¿una sociedad en decadencia?

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Durante mucho tiempo en Catamarca se fue instalando una idea silenciosa, casi imperceptible, pero profundamente eficaz: la provincia debía conformarse con ser pequeña. No pequeña en territorio ni en historia, sino en ambición. Se acostumbró a pensar en términos reducidos, a proyectar poco y a moverse dentro de márgenes muy controlados. Y eso no ocurrió por casualidad ni por falta de capacidad de su gente. Fue el resultado de un modo de organización política y social.

Ese modelo necesitaba ciudadanos que esperaran, no que exigieran. Necesitaba economías dependientes, no redes productivas autónomas. Necesitaba que el progreso apareciera como algo administrado desde arriba y no como una construcción que naciera desde abajo, desde la iniciativa individual, desde la competencia y desde el deseo de crecer. Así se fue moldeando una cultura donde muchas veces se confundió estabilidad con desarrollo y donde la discusión pública quedó atrapada en lo inmediato, en lo que no alterara demasiado el equilibrio existente.

Con el paso del tiempo esa lógica no elevó a la provincia. La dejó atrasada. Lo que se consolidó fue una estructura con escaso dinamismo económico, oportunidades limitadas para los jóvenes y una total dependencia de decisiones políticas para que algo ocurra. Esto se percibe en la dificultad para generar empleo privado sostenido, en la falta de escala productiva y en la ausencia de un proyecto de desarrollo que trascienda la coyuntura.

Ese fenómeno también tuvo efectos más profundos, menos visibles pero más determinantes. Cuando durante años el principal organizador de la vida social es el Estado, la sociedad empieza a mirar hacia arriba en lugar de mirar hacia adelante. Se piensa en términos de gestión, no de creación. Se espera habilitación, no iniciativa. Se busca seguridad antes que expansión. Y lentamente se pierde algo fundamental para cualquier comunidad que quiera crecer, que es la confianza en su propia capacidad de generar futuro.

No es que Catamarca haya perdido talento. El talento está. Está en sus profesionales, en sus jóvenes, en sus emprendedores que muchas veces terminan desarrollándose fuera de la provincia porque el entorno local no logra absorber esa energía. El problema no fue la falta de capital humano, sino la falta de condiciones estructurales para que ese capital humano se despliegue aquí.

En los últimos años ese esquema pareció inmutable. Pero la realidad empezó a acelerar más rápido que la estructura. El mundo se volvió más competitivo, más tecnológico, más interconectado. Las nuevas generaciones empezaron a comparar, a mirar otras provincias, otros países, otras formas de vivir y trabajar. Y esa comparación empezó a generar una incomodidad que antes no existía.

Desde 2023 se observa un quiebre. En un período muy corto, apenas unos años entre 2023 y 2025, se ve que algo está sucediendo en la sociedad catamarqueña, ya que una parte significativa de la sociedad dejó de acompañar al modelo peronista. Recientes proyecciones de la elección 2027 permiten ver que La Libertad Avanza mantiene un crecimiento electoral en la provincia. Esta es la señal de que una porción del electorado empezó a buscar un rumbo distinto, más vinculado al cambio estructural que a la continuidad administrada.

Ese movimiento no necesitó generaciones para aparecer. Surgió en pocos años, impulsado por el contraste entre una provincia que permanece rígida y un país que comenzó a discutir reformas, productividad y modernización. La comparación dejó de ser lejana y pasó a ser inevitable. Cuando las sociedades empiezan a compararse, empiezan también a cuestionarse.

Hay una frase atribuida a Galileo Galilei cuando lo obligaron a negar lo que había demostrado: Eppur si muove. Y sin embargo, se mueve. La realidad avanzaba aunque el poder intentara congelarla. Algo de eso empieza a verse también en Catamarca. Aun con inercias fuertes y estructuras que buscan sostener lo conocido, hay un cambio en marcha porque una parte de la sociedad empezó a empujarlo.

Ahora bien, ningún cambio verdadero se consolida solo con un resultado electoral. Las estructuras culturales son más lentas que las elecciones. Cambiar votos es más fácil que cambiar mentalidades. Por eso el desafío no es solamente político, sino social. Implica volver a valorar el esfuerzo productivo, la formación exigente, la innovación, la inversión y la autonomía económica como motores reales de desarrollo.

El 2027 abrirá una instancia decisiva. No será una elección más. Será una discusión sobre el modelo de provincia. Sobre si Catamarca continúa administrando lo existente o decide construir algo distinto. Sobre si la política sigue siendo el centro alrededor del cual gira todo o si pasa a ser una herramienta para liberar energías productivas que hoy están contenidas.

Las sociedades no entran en decadencia de un día para el otro. Entran cuando dejan de exigirse. Y salen cuando recuperan la voluntad de superarse. Catamarca está en ese punto de inflexión. Todavía conviven el peso del pasado y la presión del cambio. Todavía hay inercias que frenan y fuerzas nuevas que empujan.

La pregunta que se abre hacia adelante ya no es si el modelo anterior mostró sus límites. Eso es evidente. La pregunta es si la sociedad estará dispuesta a sostener el esfuerzo que implica transformarlo.

Porque cambiar de verdad no es solamente votar distinto. Es animarse a pensar la provincia en una escala que durante demasiado tiempo parecía prohibida.