¿Puede Axel Kicillof ser presidente? La advertencia que todos deberían escuchar

Te lo digo yoRedacción Realidad CatamarcaRedacción Realidad Catamarca
Axel Kicillof

En medio de operaciones, desgaste mediático y una batalla política cada vez más cruda, se instala una pregunta: ¿puede Axel Kicillof convertirse en presidente? La respuesta es sí, puede, y justamente por eso no hay margen para la ingenuidad. Porque mientras muchos subestiman ese escenario o lo consideran lejano, del otro lado no están improvisando: están esperando, reorganizándose, fragmentando la oposición con múltiples candidaturas que parecen menores pero que, sumadas, pueden debilitar el proceso de cambio encabezado por Javier Milei, abriendo la puerta a un regreso que no es nuevo, sino peligrosamente conocido.

Kicillof no representa una incógnita, representa un antecedente, y ese antecedente tiene nombre y consecuencias concretas: decisiones que comprometieron al país, como la expropiación de YPF, que expuso a la Argentina a pagar cifras millonarias que, de no haberse evitado recientemente, habrían superado los 18.000 millones de dólares, una carga que no cae sobre “el Estado” como ente abstracto, sino sobre cada argentino que trabaja, produce y sostiene el país. Pero más allá de un caso puntual, lo que está en discusión es un modelo completo que ya gobernó, que ya tuvo todas las herramientas, que ya concentró poder político, económico y discursivo, y que aun así dejó un saldo innegable: más pobreza, más inflación, más dependencia, más frustración. Y sin embargo, con una habilidad comunicacional que no se puede subestimar, ese mismo espacio intenta reconstruirse sobre un relato que invierte la realidad, que presenta como defensa lo que en los hechos fue deterioro, que intenta convencer a la sociedad de que los responsables de los problemas son quienes hoy intentan resolverlos.

Desde Realidad Catamarca lo decimos porque creemos que la sociedad merece claridad y no eufemismos: esto no es una discusión teórica ni ideológica, es una decisión concreta sobre el futuro de millones de personas. Cada provincia está atada a lo que pase a nivel nacional, porque cuando el país se cierra, se asfixia o se desordena, las consecuencias no quedan en Capital, llegan a cada rincón, a cada familia, a cada trabajador. Y entonces la pregunta es profundamente moral y política: ¿vamos a permitir que quienes ya tuvieron el poder y fracasaron vuelvan a intentarlo como si nada hubiera pasado?, ¿vamos a mirar para otro lado mientras se reconfigura un escenario que puede llevarnos otra vez al mismo punto de partida?, ¿vamos a resignarnos a repetir una historia que ya conocemos demasiado bien?

Si algo dejó claro este proceso es que la Argentina también puede reaccionar, que puede romper inercias, que puede animarse a discutir lo que antes parecía intocable. Nadie dijo que iba a ser fácil, y no lo es, porque tocar estructuras de poder reales genera resistencia, genera ataques, genera desgaste, pero también genera una oportunidad histórica. Y las oportunidades no se sostienen solas, se defienden, se empujan, se construyen todos los días, en cada conversación, en cada idea, en cada voto, en cada persona que decide no comprar más el relato cómodo y empezar a mirar la realidad de frente.

Por eso, más que una advertencia, esto es un llamado: no alcanza con haber elegido un cambio, hay que sostenerlo, hay que entender que del otro lado no se rindieron, que están esperando el momento, que están listos para volver si la sociedad se relaja o se divide. La batalla cultural no es un slogan, es el terreno donde se define qué Argentina se consolida, y hoy más que nunca requiere convicción, claridad y coraje. Porque si algo está claro, es que Kicillof puede ser presidente… pero solo si la sociedad lo permite. Y la Argentina que viene no puede darse el lujo de volver atrás.